La Argentina Manuscrita

Capítulo XIX

Cómo fue llevado a Castilla; y de la población de Santa Fe, y de cómo se toparon con el Gobernador de Tucumán

En este estado estaban las cosas de la provincia, después de la prisión de , cuando por orden del Obispo y , para que, como enemigo capital suyo, le llevase a Castilla en la carabela, que ya a este tiempo se estaba haciendo a mucha prisa. Y así el mismo año salió el capitán envió seis soldados a ver quienes eran, con orden de que no llegasen a tierra hasta haberla reconocido: y con todo el recato, mirado que gente era la que venía, y siendo sospechosa, no embarcasen a ninguno hasta saber su voluntad. Llegada la canoa a donde estaba , de quien era todo el recelo, y asegurados de que todos eran amigos, embarcaron al caudillo, y otros dos con él, y los llevaron al con las cartas y recaudos que traían, quedándose los demás en aquel puerto hasta que se les envió lo necesario, para su pasaje. Visto los recaudos y cartas de sus amigos, se determinó a hacer lo que le pedían. Y prevenido de lo necesario, salió de aquella ciudad, con buena compañía de gente; aunque después de puesto en camino se arrepintió. Mas no pudiendo hacer otra cosa, prosiguió y llegó a la Asumpción, donde no fue tan bien recibido de de la fortaleza donde estaba preso y desterrado por , y que fuese por capitán , como persona que tenía necesidad de ir a Roma por el suceso pasado. Juntamente con esto se concedió facultad a un hidalgo vizcaíno, llamado , para que hiciese gente, y saliese con ella a hacer una población en Sancti Spiritus, o donde más convenía. Y hecho su nombramiento, levantó 80 soldados, todos los más hijos de la tierra; y prevenidos de armas, caballos y municiones, salieron de la ciudad de la Asumpción el año de 1573, por tierra y por el río en un bergantín y otras embarcaciones juntos, en conserva del Obispo, y de los demás que iban a España; llevando por tierra caballos, yeguas y vacas. Y llegados a la boca del Paraguay, acordaron que los de tierra pasasen el río de la otra parte del Paraná, y por aquella costa se fuesen hasta la laguna de los Patos. Lo cual se hizo sin dificultad de enemigos, por ir descubriendo aquel camino que jamás se había andado por los españoles. Y juntos en aquel páramo los de la carabela y pobladores, se despidieron, los unos para Castilla, y los otros tomaron el río que llaman de los Quiloasas; atravesando a la parte del Sud-Oeste. Y sentado su real, corrió aquel territorio, y vista su buena disposición, determinó hacer allá una fundación; para lo cual ordenó su elección y Cabildo, regidores, con dos alcaldes ordinarios y su procurador. Y habiendo tomado la posesión, y hecho los requisitos de ella, puso luego por obra un fuerte de tapia, de la capacidad de una cuadra, con sus torreones, donde se metió con su gente. Fue hecha esta fundación llamada la ciudad de Santa Fe, el aña referido, día del Bienaventurado San Jerónimo. Está en un llano, tres leguas más adentro, sobre este mismo río que sale 12 leguas más abajo: muy apacible y abrigado para todo género de navíos; la tierra es muy fértil de todo lo que en ella se siembra, de mucha caza y pesquería. Hay en aquella comarca muchos naturales de diferentes lenguas y naciones, de una y otra parte del río, que unos son labradores, y otros no. Concluido el fuerte, luego salió a correr la tierra, empadronando a los indios de la comarca, así para encomendarlos a los pobladores, como para saber el número que había: para lo cual sacó 40 soldados en el bergantín, una barca y al unas canoas; y bajando el río abajo le salieron muchos indios de paz, y para poderlos visitar fue fuerza entrasen con el bergantín por un estrecho río, que sale al mismo principal, por donde había muchos pueblos de naturales; y después de haber entrado por aquel brazo, llegaron a cierto puerto, donde los indios le pidieron estuviese algunos días para ver la tierra. Y una mañana se fue llegando tanta multitud de gente, que los puso en gran cuidado, por lo cual el capitán mandó a su gente que estuviesen todos alerta con las armas en las manos, y que ninguno disparase hasta que él lo mandase. Y viendo que toda aquella tierra se abrazaba en fuegos y humaredas, mandó subir a un marinero a la gavia del navío, para que reconociese el campo; el cual dijo que todo cuanto había a la redonda estaba lleno de gente de guerra, y mucha más que venía acudiendo por todas partes, sin muchas canoas que de río abajo y arriba acudían para coger a los navíos en medio. El capitán se puso a punto de guerra, y conociendo el peligro en que estaba por la estrechura del río, y la dificultad de no poder salir de él sin gran riesgo, habló a sus soldados, esforzándolos animosamente. Cuando en este punto dijo el marinero que estaba en vigía: «Un hombre de a caballo veo, que ya corriendo tras unos indios». Dijéronle que mirase lo que decía; luego respondió, «otro veo que le va siguiendo»; y prosiguiendo, dijo: «tres, cuatro, cinco, seis de a caballo»; los cuales, según parecía, andaban escaramuceando con los indios que venían a esta junta a dar en los nuestros; y siendo asaltados repentinamente de los de tierra, comenzaron a huir, y dando la voz de como había españoles de aquella parte que los herían y mataban. Luego en un instante se deshizo toda aquella multitud, de tal manera, que por huir más a prisa dejaban por los campos arcos y flechas, con lo que vinieron los nuestros a quedar libres. El capitán escribió luego una carta con un indio ladino a aquellos caballeros; los cuales, en aquel mismo tiempo, día del bienaventurado San Jerónimo, habían poblado la ciudad de Córdoba, y salieron a correr o aquella tierra. Tiene esta comarca y jurisdicción mucha cantidad de indios, y pueblos, que por no estar reducidos no se pudo entonces saber la cantidad; y así en diferentes tiempos se fueron encomendando al los pobladores.

Está situada en 32 grados, poco más o menos, Este-Oeste con la ciudad de Santa Fe; distante la una de la otra 60 leguas: fueron ambas pobladas en un mismo año y día, que fue el del Señor San Jerónimo, según llevo dicho: donde, después de haber hecho un fuerte de adobes con sus cubos y torreones, en que recogió toda la gente, determinó el Gobernador salir a recorrer toda la provincia, como lo efectuó. Y tomando lengua, fue discurriendo por aquellos llanos a reconocer el Río de la Plata, donde se toparon ambos capitanes, como se ha referido en el capítulo pasado. Y vuelto a su nueva ciudad, despachó a , naturales de las islas de Buenos Aires, con un principal llamado de aquella costa, pidiéndole el socorro conveniente. Para lo cual le despachó nombramiento de Teniente General, y Justicia mayor en aquella ciudad, con las demás provisiones y cédulas reales, en que Su Majestad le hacia merced de aquel gobierno: por las cuales le incluía todas las poblaciones que otros capitanes hubiesen hecho, en doscientas leguas del Río de la Plata al Sur, hasta la gobernación del reino de Chile. Por cuya demarcación la provincia del Tucumán entraba en este distrito y jurisdicción.

En virtud de lo cual, luego el capitán intimó a la dicha provisión, y le requirió en nombre de su Gobernador el cumplimiento de ella. El cual habiéndola oído, la obedeció, y dio su respuesta de la que a su derecho convenía, sin tratar más de este negocio: y así aquella misma noche él, y los suyos partieron para la dicha ciudad de Córdoba, a dar cuenta al Gobernador de lo que pasaba. Al mismo tiempo recibió cartas aquel Gobernador, de que le venía sucesor, enviado por Su Majestad, que era un caballero de Sevilla, llamado ; de cuyos sucesos, y demás acontecimientos, se tratará en otro libro.

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