La Argentina Manuscrita

Capítulo IX

Cómo en este tiempo se alzaron los indios de Guayra contra el capitán

Con el buen suceso que aquellos días tuvieron los nuestros contra los enemigos, se desbarató toda la junta que tenían hecha para está guerra, así el Gobernador ordenó a cuatro capitanes con sus compañías, para que cada uno de ellos fuese corriendo por su parte aquella tierra, castigando a los rebeldes y obstinados, y recibiendo y pacificando a los que viniesen de paz. Y hecho esto, el Gobernador con el resto del campo se puso en cierto paraje de aquel territorio, sobre un río que llaman Aguapey, que sale al Paraná, lugar dispuesto para sentar el campo; donde corriendo los unos y los otros aquel distrito, fueron siempre los indios de mal en peor, todo muy rebeldes y pertinaces. Cuando a este tiempo llegó al real un indio, y llevándolo a la tienda del Gobernador, y puesto en su presencia, dijo: «yo soy de la provincia de Guayra, y mensajero de tu hermano y , el cual confiando de mí, me despachó a decirte le socorrieses con gente y soldados españoles, por habérsele alzado los indios de aquella tierra de quienes estaba muy apretado; y he venido disimuladamente por estos pueblos rebeldes y gente de guerra, dando a entender ser uno de ellos, y con esto he podido pasar hasta aquí, que no ha sido poca dicha mía». El Gobernador le dijo, que como le daría crédito en que aquello fuese verdad, pues no le traía carta de su hermano, en que le avisase de lo que pretendía. A esto respondió, que no venía sin ella, por la cual satisfaría largamente, y mirando todos al indio que venía desnudo en carnes: con solo su arco y flechas en las manos, no vieron cosa alguna donde pudiese traer la carta que decía. El entanto alargó el brazo, y dando el arco al Gobernador, le dijo: «aquí hallarás lo que digo». Y rodeando el arco tampoco vieron cosa alguna escrita, ni donde pudiese venir: hasta que el mismo indio le tomó, y llegando a la empuñadura del medio, descubrió un encaje donde la traía, y sacándola vio el Gobernador el trabajo y necesidad en que estaban, y habiendo comunicado con los capitanes lo que se debía hacer, fue acordado se le despachase socorro; y por parecer de todos los más, se determinó el Gobernador fuese a este negocio el capitán : y así se determinó, aunque sabían que entre él y el había algún encuentro; y acudiendo a dar gusto al Gobernador, no obstante de eso se dispuso a salir luego, tomando en su compañía 70 soldados. Y caminando por sus jornadas, no sin algunos encuentros y resistencia que los enemigos le hicieron, pasó por aquella tierra hasta tomar el río del Paraná; y llegado al puerto, le envió el las canoas necesarias para que pasase; y puestos de aquella banda, fue recibido de todos alegremente, entrando en la ciudad sin dificultad alguna, aunque estaba muy cercada de enemigos, y todas las calles cerradas con buena palizada, y recogida toda la gente dentro de una casa fuerte que tenía la ciudad. Sólo ; aunque disimulando su antigua enemistad le pidió luego saliese con su compañía, y con la que en el pueblo había, a castigar la malicia de aquellos indios, poniendo freno a su insolencia; porque de su parte no lo podía hacer por estar muy enfermo y casi ciego. Con lo cual el capitán salió de la ciudad con 100 soldados y algunos amigos aunque sospechosos; y el año de 1561 comenzó la guerra por los más cercanos. Alzando luego el cerco que tenían sobre el pueblo, los fue castigando y dando alcance en sus pueblos, prendiendo algunos principales en quienes hizo justicia: y corriendo por aquella tierra, salió a los campos que llaman de don Antonio, donde los pueblos de aquella comarca le pidieron la paz, y él les otorgó. De allí bajó al río del Ubay, que es muy poblado, y despachando mensajeros, le salieron muchos caciques pidiéndole perdón del delito pasado. Y asegurados los comarcanos, bajó por aquel río al Paraná, pacificando los pueblos que por allí había, aunque los más de la tierra adentro trataban de llevar adelante la guerra y de venir a asolar la ciudad. Por cuya causa determinó dejar las canoas, y entrar por aquel territorio, atravesando unos bosques muy ásperos hasta el pinal, donde estaban metidos los más de los indios alzados: y con asaltos repentinos y ligeros que les daban, los fue apretando de manera que dejaron sus escondrijos; y saliendo a lo raso se juntaron gran multitud de ellos; y en un, valle largo y angosto acometieron a los nuestros por todas partes, y los apretaron ya a cosa hecha para acabarlos. Mas los nuestros, con buen brío y ánimo, los fueron arcabuceando de un lado y otro, y fueron peleando con ellos muy reñidamente: con que quedó el enemigo vencido y desbaratado, huyendo a mucha prisa. Y dándoles alcance, mataron muchos de ellos y prendieron a muchos de los principales, obligándoles a pedir la paz y perdón de las perturbaciones pasadas, dando por disculpa haber sido movidos de otros caciques poderosos de la provincia. Y con esto fue corriendo aquellos pueblos, y en uno de ellos tuvo el invierno hasta el año siguiente que acabó de aquietar la provincia. Y puestos en el mejor estado posible, dio vuelta para la ciudad con toda su compañía, con mucha satisfacción del buen suceso de aquella guerra: y volviendo a la Asumpción, la halló con más quietud y sosiego, con lo cual los unos y los otros quedaron quietos por algunos años.

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