La Argentina Manuscrita

Capítulo VIII

En que se trata del alzamiento general de los indios de las provincias del Paraguay y Paraná

Estaba en este tiempo la ciudad de la Asumpción en la mayor prosperidad y aumento, que jamás hasta entonces ni después se vio: porque demás del lustre y buen gobierno de la República, eran muy bien servidos de los indios naturales, los vecinos y encomenderos de ella; sin que se presumiese otra cosa en contrario: hasta que habiendo vuelto la gente que fue con el capitán a la provincia de los , hubo algunos movimientos y conjuraciones secretas, en especial por medio de algunos caciques que habían ido a aquella jornada; y entre los que más encendieron el fuego, fueron dos mancebos hermanos, llamados don , gran suma de flechería enherbolada, de que aquella cruel gente, llamada los , usaba, de la cual los de esta provincia habían recogido y guardado lo que habían podido haber para sus fines contra los españoles; y vueltos a sus pueblos de la jornada, mostraron por experiencia a los demás, el venenoso rigor de aquella yerba, de cuya herida ninguno escapaba, ni hallaba remedio ni triaca contra ella. Y así se animaron a declararse contra los españoles, matando algunos que andaban por la campaña; para cuyo remedio procuró el Gobernador despachar algunos principales indios de confianza, a que aquietasen los tumultos y revoluciones de la provincia: los cuales no siendo parte a repararlo, dieron vuelta a la ciudad, dando cuenta de lo que pasaba; y que iba tan adelante el negocio, que hasta los circunvecinos y conjuntos a la ciudad, estaban movidos a la rebelión. Por lo cual mandó luego apercibir a todos los encomenderos y vecinos, y a otros muchos soldados nuevamente venidos, señalando los capitanes y oficiales necesarios, con los cuales salió por fin del año de 1559: y puesto en campaña con 500 soldados y más de 3000 indios amigos de los , y 400 , repartió la gente en dos partes; la una tomó el Gobernador para sí, y la otra dio al contador para que entrase por la parte del Acay, y él se fue por los , en cuya comarca se habían de juntar y plantar el campo, para de allí hacer sus correrías y acometimientos a las partes donde fuese más necesario. Y con este acuerdo se fueron por los términos y lugares de sus partidos, sin hacer más efecto que pasar de tránsito, por estar todos los pueblos despoblados: estando toda la gente retirada en las montañas más ásperas de la tierra, aunque la gente de guerra quedaba siempre a la mira puesta en campaña. Y por parecer al enemigo que no convenía se juntasen los dos campos, dieron dos días en cada uno una alborada; y acometidos de gran multitud de indios, resistieron los nuestros con mucho daño de ellos, aunque con muerte de alguna de nuestra gente. Y teniendo aviso el un campo del otro de lo sucedido, llegaron a juntarse en lo más poblado de aquella tierra, donde a tropas salían a correr la redonda, y atajarles su comida para necesitarlos por todas vías a que tomasen mejor acuerdo, y viniesen de paz: y así se ofrecía tener con ellos muchas escaramuzas; hasta que entrando el año de 1560 presentó el enemigo a nuestro campo la batalla. Venía repartido en cuatro tercios; y en todos 16000 indios; y puestos en campo raso, obligaron a los nuestros a salir a romperlos. Y así mandó el Gobernador al capitán saliese con 80 de a caballo, y a los capitanes y 200 : y puestos en campo en dos escuadrones, la infantería que hacía frente le dio una carga, y viniéndose a este tiempo el enemigo acercándose más a los nuestros con dos escuadrones que componían 8000 indios, desgalgando los 4000 por una quebrada a dar en el real por las espaldas, para impedirles que pudiesen socorrer a los del campo; y el otro escuadrón, que era de otros 4000 indios flecheros, se puso en un pequeño recuesto, para de allí socorrer donde fuese necesario. Los nuestros se portaron con buen orden hasta tenerlos a tiro de arcabuz; y dándoles la primera rociada, se postraron por tierra hasta que pasó aquella furia, y haciendo señal de su acometida, tocando sus bocinas y trompetas, en un improviso dieron sobre nuestros escuadrones; y saliendo nuestra caballería en cuatro tropas, que la una llevaba el factor ; y rompiendo todos por medio de los enemigos, revolviendo a una y a otra parte, lanceando e hiriendo a muchos de ellos, aunque desordenada nuestra infantería, les fueron apretando y degollando mucha gente; con lo que amenazaron a retirarse: y vista la rota por los 4000 que estaban de reserva, bajaron por la ladera, y con furia veloz y repentina se metieron en la batalla; y animando a los suyos a volver a ella, llegaron hasta nuestros escuadrones, que a este tiempo reunidos los aguardaban en buen orden, peleando con ellos pie con pie, con tal esfuerzo y valor los apretaron, que no sólo los desbarataron, sino que los pusieron en huida; aunque un gran golpe de ellos, hechos un cuerpo, se opusieron a los nuestros sin poderlos desmembrar hasta que el capitán los acometió con la caballería; y rompiéndolos comenzaron a huir, y los nuestros a seguirlos; y haciendo en ellos cruel matanza, acabando los amigos de matar a todos los heridos que discurriendo por el campo hallaban. A cuyo tiempo, prosiguiendo el alcance, vieron que estaba el real asaltado, y que había gran clamor y vocería: a cuya causa revolvieron a socorrer al Gobernador que estaba peleando con los enemigos, y habiéndoles resistido con gran denuedo los hizo retirar al tiempo que llegaba el socorro, con lo que acabaron de ser vencidos. Fue esta célebre victoria a 3 de mayo, día de la invención de la Santa Cruz del año referido: murieron de los enemigos más de tres mil sin mucha cantidad de heridos, y sin que se experimentase el efecto de la yerba de que estaba tocada toda su flechería, que no fue de poco provecho para los nuestros, según el daño que de ella se temió. Después de lo cual, poniéndose el campo sobre un río llamado Aguapey, mandó el Gobernador a , llegó a este tiempo con 20 de a caballo hasta el arroyo donde cayeron sin poder salir, a ir menos el capitán que iban en esta guerra: con que el enemigo quedó por entonces quebrantado.

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